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domingo, 6 de mayo de 2012

Luna de esperas…


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Tiembla la rama, donde las quimeras

de los sueños mustios, cobran valor

y despegan...

Es la hora en que las certezas se diluyen

y el alma se llena, de absurdas preguntas.

Amor... cuando llegues...

¿Tendré la perspicacia para verte?

¿Sabré escuchar tu voz, y sus sentires sin espantarme?

Mientras la noche arroja sus dado

y le guiña un ojo a la suerte

creo que algún día, llegaré a tenerte.

Y que es inútil la espera,

no importa cuánto me afane,

cuanto te añore, y al destino te reclame.

Simplemente con la luna delineando tu sombra
llegarás cuando tu quieras...

¿Resistiré tu invasión a mis antiguas paradojas a mis costumbres,

a mis estables movimientos eternos?

La luna me sonríe, tras la rama del árbol que tiembla...

Y sigo aquí, adherida a la inútil

Pero necesaria espera.

Sé que vendrás,

pero me falta la certeza

si he de verte llegar,

en luna nueva, en luna llena.

Si te traerá la noche…. la luz del día.

O simplemente llegarás

desde la esquina de mis quimeras.

Tiembla la rama, hay murmullos, silencios y tristezas

¿Dónde estará el amor?

¿Donde tu sonrisa tranquila

tu abrazo seguro,

tu mano apretando la mía

bajo las estrellas?

La noche silenciosa y perfumada

con la cara de la luna irónicamente se ríe de mi espera...

Cristina Validakis

jueves, 14 de octubre de 2010

Una sonrisa me espera


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Cabizbajo. Meditabundo. Ensimismado en mis preocupaciones. Así arrastraba mis pies por el cementerio de asfalto, gris y nunca novedoso.

Todo tenía la maldita virtud de transformarse, sin prisa pero inevitablemente, en problemas, en enredos, en atascos, en situaciones insalvables.

Masoquista, me molestaban aquellas alegres y despojadas realidades que azarosamente se cruzaban por mi humanidad, pero no podía dejar de envidiarlas y de intentar –siempre en vano- recordar cuándo había tenido algo parecido.

Los sonidos se agudizaban y me ensordecían. Todo parecía una suma de gritos amplificados a propósito. Hasta el aleteo del picaflor provocaba estruendo.

Ojalá todo hubiera sido al menos negro. Sería un movilizante extremo. Así lo insulso y desesperante del gris habría sido desterrado. Y algo habría tenido algún sentido claro.

Se confundía la intranquilidad, la ansiedad, la impaciencia –todas extremas-, con la pasividad, la apatía, el desinterés –también extremos.

¿La vida?… Cada vez quedaban recuerdos más vagos y distantes de aquello que estuvo en su esplendor.

Las fuerzas se iban agotando. Las pocas que no habían decidido huir sin previo aviso.

Pero (siempre hay un “pero”… inclusive a pesar nuestro), algo o alguien –no recuerdo bien- hizo que levantara la mirada. Lentamente los ojos salieron de su letargo y se elevaron 180 grados, desde el suelo hasta el cielo.

Sin saber bien por qué, vi nuevamente, después de mucho tiempo, un color: era el celeste limpio de la bóveda. Y allí fue cuando vi la sonrisa que el destino tenía preparada para mí…

Hoy, lo gris se va pintando con diferentes matices de rojos, verdes y azules. Y de aquella desolada realidad me quedó una enseñanza: cada vez que los colores quieran desaparecer, sólo tengo que levantar la mirada y descubrir la sonrisa que seguro me está esperando.

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