miércoles, 3 de noviembre de 2010

No es lo mismo…


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No es lo mismo mirarlo desde abajo, desde lejos, que ser el piloto. No es lo mismo admirar lo magnífico del vuelo de un avión, que comandarlo por entre las enormes –y muchas veces amenazantes- nubes que se van presentando. No es lo mismo verlo pasar simplemente en escasos segundos, que vivir la tensión y la responsabilidad de dirigir la nave a destino. No es lo mismo desconocer el destino de ese vuelo, que estar pendiente de las coordenadas justas para aterrizar cuando corresponda. No es lo mismo observar cómo se surca el Cielo desde la Tierra, que detenerse maravillado a ver la Tierra desde el Cielo. No es lo mismo contemplar el ruido de los motores a kilómetros de distancia, que ensordecerse estando casi al lado. No es lo mismo hablar sobre la capacidad de volar, que experimentarla. No es lo mismo ignorar el origen, el momento del despegue, que tenerlo grabado aún en la retina. No es lo mismo caminar, que volar. No es lo mismo estar sentado en el suelo, que estar sentado en el aire. No es lo mismo ver desaparecer el avión en el horizonte, que ver el horizonte aparecer desde las alturas. No es lo mismo la pequeñez de un avión, que la pequeñez humana. No es lo mismo lo que siente al transitar, que lo que se siente al aterrizar. No es lo mismo el desgaste del que miró desde abajo, que el cansancio del que dirigió la máquina. No es lo mismo la satisfacción de uno y de otro. No es lo mismo…

Estamos llamados a ser pilotos de nuestros destinos. Y más aún cuando esos lugares a los que queremos llegar parecen humanamente imposibles. Puede ser porque pasó mucho tiempo. Porque esos lugares están aún muy lejos. Porque se acaba el combustible. Porque el camino es largo y con tormentas previstas. O porque simplemente no nos animamos, o estamos solos, o parece una locura…

Sin duda que verlo desde abajo es más seguro. Y uno está en una posición muy cómoda para cuestionar, criticar, opinar, hablar. Pero también es muy bajo el compromiso que nos genera, al punto que cuando aquellos que vuelan por su destino, se van de nuestra vista, seguimos con la rutina como si nada. Pero lo que muchas veces olvidamos es un detalle no menor: aquellos que pilotean muchos de los aviones que simplemente vemos pasar, lo están haciendo por nosotros, en nombre de todos. Y ellos asumen el desafío de impulsar la nave que busca el anhelado destino. Eso, al menos, merece nuestro respeto y nuestra admiración. Y lleva consigo el deseo de que muchos más se suban a ese vuelo…

 

(Dedicado a aquellos que, después de 15 años del atentado ocurrido con las Explosiones de la Fábrica Militar de Río Tercero, aún siguen luchando por Justicia y Verdad, muchas veces en solitario, piloteando el avión de todo un pueblo).

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