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sábado, 26 de febrero de 2011

Por más que…


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Por más que su brillo no caduque ni se deteriore.

Por más que siga cumpliendo su función a la perfección.

Por más que siga brillando con luz propia.

Por más que siga dando luz para que otros brillen.

Por más que marque el ritmo del día, y del resto.

Por más que renazca incansablemente en cada nuevo amanecer.

Por más que sea siempre el mismo.

Por más que a veces pase desapercibido.

Por más que a veces sea el protagonista exclusivo.

Por más que de él dependa todo el resto que lo rodea.

Por más que de vida.

Por más que lo negro lo transforme en luz.

Por más que ayude a crecer.

Por más que se imponga.

Por más que sea el rey del universo.

Por más que…

…hasta los más iluminados necesitan alguna vez un sostén.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Un ocaso con luz


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Que el nacimiento del día trae la luz, no es novedad. Pero que el cierre de una jornada también traiga consigo un resplandeciente espectáculo, eso sí que llama la atención.

Todo se va poniendo oscuro y la sombra va ganando terreno segundo a segundo. Las penumbras se vuelven evidentes e invasivas. Lo negro absoluto parece no frenar su marcha… Sin embargo, aún queda un importante vestigio de luminosidad que se sigue abriendo paso ante aquello que convierte todo en anónimas siluetas.

Y es que la luz no depende de un tiempo o de un espacio en especial. Imponente, aparece cuando necesita recordarle a la oscuridad quién manda, quién tiene la autoridad, quién tiene la última palabra, quién lucha hasta al final, quién volverá en unas horas.

Así, ocaso no es sinónimo de decadencia ni de desesperación ni de desorientación. El final del día no es el final de la luz. El inicio de la noche no es el inicio de la negritud. Y esto vale tanto para cada uno como para todos. Porque la luz no es egoísta y siempre busca dejar en evidencia su esplendor… aunque en apariencia se esté escondiendo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La cuestión es que no se apague


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Dice Galeano que el mundo es un mar de fueguitos. Y debe ser así nomás. Porque lo que nos moviliza en cada paso de nuestra vida es esa llama interior que alumbra, quema, cobija, alimenta, prepara, transforma. Y cuando se apaga, se apagó la vida.

Pero entre ambos extremos, la llama vívida y la ausencia total de fuego, hay muchos momentos intermedios que justamente son los que más abundan en nuestra existencia. Instantes desconcertantes en los que el calor y la luz son diminutos, débiles, altamente vulnerables. Son esos trayectos de nuestra vida en los que cualquier brisa leve nos puede apagar. Y entramos en una gran disyuntiva de la que es muy difícil salir, trascender: nos ocupamos de resguardar eternamente esa llamita, sin movernos, sin respirar hondo ni fuerte, sin que nadie se acerque… o decididamente gastamos todo el poco o mucho tiempo que quede de fueguito, y así nos apagaremos con la supuesta certeza de haber aprovechado hasta el último segundo (aunque el riesgo sea, paradójicamente, quemarse)…

Por suerte, hay una alternativa intermedia que no debemos desechar… es más, deberíamos considerarla como primer opción, dejando de lado orgullos y egoísmos, resignando algo por un bien mayor. Se trata de confiar en que otro nos cuide la llamita, en que alguien la sostenga mientras nosotros buscamos la urgente manera de reavivar el fuego, de volver a brillar con esa luz y ese calor que hasta no hace mucho presumíamos. Obviamente que no puede ser cualquier otro… debe ser alguien cuya valentía llegue al extremo de cuidarla como si fuera propia. O más… ¿No existe? Nos sorprenderíamos de la cantidad de personas cercanas y no tanto que están dispuestos a dar la vida por nosotros.

Porque seguramente, no hace mucho, cuando el fuego de nuestra vida estaba en su esplendor, casi sin saberlo, naturalmente, ayudamos a alguien a sostener su pequeño y frágil pabilo mientras recuperaba su esencia brillante.

De eso se trata. De que aquel mar de fueguitos no se acabe. Y de que alternemos nuestra misión entre: custodiar las llamitas de los otros, delegar el cuidado de las nuestras para recuperar su fuerza original, y fundamentalmente, arder, brillar, encender, iluminar la innumerable cantidad de oscuridades que hay a nuestro alrededor.

sábado, 28 de agosto de 2010

La leyenda de Clara (o el poder de lo pequeño)


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Cuenta la leyenda que, imperceptible y sin demasiados preámbulos, un día se asentó en medio de la espesura que formaban las oscuras, anónimas y tenebrosas extensiones de La Penumbra. Ésta era una especie de bestia que iba mutando a medida que las circunstancias la amenazaban. Su mayor enemigo era todo aquello que pusiera en riesgo su eterna negrura. La Penumbra estaba acostumbrada a grandes adversarios: Febo, el más temido, aunque sólo de día; Luna, con muchas caras cambiantes; y Los Cuerpos Celestes, que juntos formaban un ejército potencialmente imposible de vencer. Todos habían intentado combatirla, pero nunca ninguno había tenido éxito.

Por eso, la audacia de aquella pequeña luz, de Clara –ese era su nombre- y su osadía al posarse donde supuestamente nadie podía, pasó desapercibida a los ojos vigilantes y ocultos de La Penumbra. Ella esperaba a los inmensos contrincantes, pero nunca a esta insignificante luminosidad.

La misión de Clara era una sola y muy concreta: comenzar a revertir aquella masa impenetrable, aquella urdimbre de brazos hechos de sombras que provocaban una oscuridad absoluta e infranqueable. Su diminuta apariencia le permitió acercarse a una de las extensiones y allí posarse… La tarea estaba cumplida: La penumbra dejó de serlo a partir de este punto luminoso que cambió el paisaje para siempre… y aquellos grandes adversarios compartían, satisfechos, el éxito de la misión, congratulando a Clara. A su vez, ella también les agradeció a todos: la clave del triunfo estaba en que cada uno le había dado un poquito de su luz.

Los grandes amos luminosos del Universo, imponentes y magníficos, habían tenido que aunar fuerzas, dejar de lado su imponencia y resignar humildemente La Batalla, para que Clara, con la valentía que le daba su tamaño diminuto, pudiera vencer a La Penumbra.

 

Muchas veces en la pequeñez de las cosas está la posibilidad de ganar las luchas que parecen imposibles. Más chances tenemos cuando ponemos nuestra humildad, delegamos lo que no podemos hacer y juntamos fortalezas. Y si además permitimos que alguien en apariencia insignificante se lleve los mayores réditos, no sólo habremos vencido, sino que también habremos crecido.

martes, 24 de agosto de 2010

Mágicamente transformadora


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Son esos instantes que simplemente pasan. Lo hacen buscando trascender, quedar en la retina, en la mente y en el corazón, para luego alojarse en el alma. Sin embargo, transitan sin ser demasiado percibidos. En su contra juega que son luminosos como el resto de las luces que lo rodean (aunque con diferentes intenciones), lo que les quita impacto. Y además, son tan fugaces que sólo alguien muy expectante puede llegar a divisarlos….

 

A pesar de lo anterior, están, son, surcan nuestra vida.

 

Generalmente asoman después de la tormenta, cuando aún pueden quedar algunos refucilos y retazos de la lluvia que ya fue. Su función no es agregar luz al húmedo paisaje; tampoco es la de ser el protagonista del momento; muchos menos busca deslumbrar… Lo que realmente justifica su existencia es el hecho de mostrar (eso sí: a aquellos que quieran ver) que en medio de la tempestad siempre pasa algo o alguien que nos hace desviar la mirada, que nos cambia la perspectiva, que le quita sentido a la mortificación… y lo que vemos no es ya aquella turbulencia de ráfagas y relámpagos, sino la luz que dejó a su paso…

No pudimos ver lo que era, pero nos queda la satisfacción de contemplar el halo flotante, doble y mágicamente transformador que se forma frente nuestro…

…Hay veces en la vida en las que tenemos tantas luces a nuestro alrededor, que estamos tan encandilados (por el dolor, por la bronca, por la culpa, por la falta de esperanza, por el exceso de idealizaciones, por…) que no sabemos discernir cuál es la que realmente necesitamos… y lo peor es que perdemos todas las chances de revertir aquello que nos molesta o nos hiere…

 

Parece tan simple… y lo es…

 

Inmortalicé una imagen de aquel instante que dejó su estela de luz en medio del epílogo de la tormenta. Apenas la viste, en el primer momento, ¿en qué se centró tu mirada? En la respuesta está la clave para enfrentar los próximos temporales…

domingo, 1 de agosto de 2010

Panorámica de nuestra vida


Cielo oscuro con franja de luz [50%]

Si tuviéramos la posibilidad de, aunque sea por un mínimo momento, contemplar la panorámica de nuestra vida…

Si pudiéramos congelar ese instante para recordar, contemplar, revivir…

Si tuviéramos el tiempo de revisar cada detalle, cada lugar, cada persona, cada tonalidad de lo vivido…

Si, aunque le faltaran los colores originales (es imposible vivir dos veces exactamente lo mismo), pudiéramos divisar los contrastes…

Y si además esta imagen nos permitiera ver nuestra vida desde arriba, desde otra óptica, desde un lugar tan distante como original…

 

…Si todo aquello fuera posible…

 

…seguramente –y creo no equivocarme- cada uno descubriría una franja de luminosidad… ¿nueva, inédita?, no; pero sí olvidada… y aquello de allá, más lejos o más cerca dependiendo de las experiencias propias, ubicado donde se abrió el cielo, nos recordaría que las densas oscuridades no son invencibles.

lunes, 19 de julio de 2010

Rejas que liberan; luces que asustan (+ stop motion)


Paradójicamente, aquella noche las rejas me liberaban… me liberaban de aquel espectáculo cuasi dantesco en el que las luces y el viento eran los protagonistas absolutos.
Aquellos a quienes la tormenta había agarrado en plena ida o en pleno regreso, querían ir más rápido que los refucilos (y a veces lo lograron…).
Estelas de luces de los autos, destellos de luces de los relámpagos, los faroles de la calle, resistiendo el viento, como testigos inmóviles sin demasiadas alternativas, y la ausencia de luz allá, detrás de estas luces, donde todo era incertidumbre, donde nadie quería ingresar…

Las rejas, decía, me liberaban de aquello… 

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Mientras tomaba las 270 imágenes que componen el video que sigue (que fue hecho usando la técnica de stop motion), pensaba: “Muchas veces aquello que nos encierra en realidad es lo que nos permite permanecer, subsistir, para luego proseguir con nuestro camino, una vez que la tormenta, las oscuridades y los refucilos se hayan apartado. Las luces no siempre sirven para iluminarnos… a veces asustan, espantan, nos invitan a evitarlas, a huir de ellas”.


Sin embargo, seguí pensando, “espectáculos así nos traen desconciertos, reflotan miedos, generan angustias… y forman parte de nuestras vidas… inevitablemente… y debemos mirarlos, aunque sea detrás de la seguridad de una reja”.

viernes, 16 de julio de 2010

Un tajo de luz


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En medio de las oscuridades, de las adversidades, de los desconsuelos, de los sinsentidos, de las amarguras… y cuando creemos que se termina el día sin que nada haya roto con esa desconcertante monotonía, allí –justo en ese instante- es cuando se abre una hendija de esperanza en el horizonte (donde todo termina; donde todo empieza).

¿Qué nos pide a cambio? Sólo estar allí. No dejarla pasar inadvertida. Y admirar su silenciosa presencia, tan imponente como serena…

En fin, quedarse quieto –y así saberse humilde- ante semejante esfuerzo de ¿la naturaleza? / ¿el destino? / ¿dios? / ¿Dios'? que termina en un tajo de luz.

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