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sábado, 27 de agosto de 2011

La vida en la palma de la mano


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Dar una mano, extender el brazo, acercar, alejar. Todo termina en ella.

Tiene infinitos caminos. Algunos más nítidos que otros. Todos transitables, todos como opciones, ninguno como único.

Expone huellas de cada ayuda, cada negación, cada encuentro estrecho, cada saludo distante.

Sus arrugas denotan la experiencia; experiencias que dejaron sus marcas.

Las líneas, que se entrecruzan a cada instante, muestran firmeza, bondad, transparencia, descanso.

Contiene esencias de nuestra identidad, de nuestro ser, actual y pasado, que preanuncian lo que podemos ser, lo que no queremos ser, lo que dejamos de ser.

Sostiene, palmea, empuja, frena, alienta, advierte, abraza, moviliza, acaricia, golpea, se rinde, se levanta, invita, destruye, edifica.

Cuando se esconde o se cierra, es signo de escudo, de debilidades, de renuncias; cuando se levanta o se muestra, es signo de presencia, de cambio, de entrega.

Aprende a dar, recibiendo.

Es una de las primeras formas de explorar el mundo.

Necesita y la necesitan, pero su esencia está en lo segundo.

Es siempre igual, es siempre distinta.

Es única.

La vida tiene su metáfora en la palma de nuestra mano.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La vida es un juego


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Hay que tomar riesgos.

Hay instantes que no podemos manejar.

No todo depende de nosotros.

El azar hace su parte, pero requiere de nuestra decisión.

Hace falta un poco de valentía, de riesgo.

Es un riesgo a veces ciego, a veces mínimo, a veces confiado, a veces esperanzado.

Debemos completar todas las fichas.

Cada ficha es única; cada instante es único; cada turno es único.

La derrota es una alternativa tan cierta como la victoria.

De ambas aprendemos.

Completar los casilleros en nuestra misión, pero cada uno tiene un tablero distinto.

El orden lo determina el tiempo; el ritmo lo imponemos nosotros.

Al inicio parece una eternidad; el final se acelera la impaciencia.

Se comparte.

El mayor logro es compartir. Igual que transitar.

El tablero vacío es signo de utopías; lleno, es símbolo de etapas cumplidas.

Siempre hay un casillero difícil, rebelde, ausente, negado.

Pero lo importante es ver el camino recorrido, y no lo que falta.

Algunas veces termina antes de tiempo; otras pateamos o nos patean el tablero.

Pero, a pesar de todo, seguimos.

Porque… LA VIDA ES UN JUEGO QUE MERECE SER JUGADO.

martes, 19 de octubre de 2010

El partido de la vida


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- ¿Jugamos?

La vida es un partido que hay que disfrutar… por el simple privilegio de participar.

- ¿Quién trajo la pelota?

Hay elementos que son imprescindibles para jugar… y se ponen en común para comenzar.

- ¡No emboco una!

A veces la puntería está fuera de foco….

- ¡Me salen todas!

…pero otras veces se siente muy seguido el placer de las pequeñas victorias.

- ¡Mirá la que me salió!

Es bueno valorarse las virtudes, los aciertos, los momentos de inspiración…

- ¡Cómo voy a errar eso!

…pero también es necesario admitir las equivocaciones, los desaciertos, los yerros más simples.

- ¡Tira para tres puntos…!

Si en el partido de la vida no arriesgamos, es más difícil el éxito y se pierde la esencia del juego.

- ¡Falta!

No hay que desesperarse ante las trabas que nos van poniendo en nuestro camino al triunfo.

- ¡Tiro libre!

Cuando nadie nos marca y depende sólo de nosotros, tranquilos y centrados en el objetivo, debemos anotar.

- ¡Minuto!

Descansar debe ser una prioridad en determinados momentos del juego… y si no lo pide uno, otros seguramente lo gritarán.

- ¡Vos te parás acá… vos recibís acá… y vos tirás!

La estrategia es esencial. Y adecuarse a las circunstancias, cambiar durante la marcha, más todavía.

- ¡Segundos finales. El partido empatado!

Hay momentos en los que estamos a mano, pero sabemos que alguien tiene que inclinar la balanza.

- ¡Y tenemos un ganador!

A veces perdemos… a veces ganamos… la próxima vez será al revés.

- ¡Estuvo bueno!

La satisfacción por participar y compartir sobrepasa todo resultado.

- ¿Nos encontramos mañana y jugamos de nuevo?

La invitación está hecha y la cancha de la vida espera para un nuevo partido. Nos espera cada día.

domingo, 17 de octubre de 2010

El mayor regalo de una madre


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Nos hace iguales. Nos hace seres humanos.

Nos cuida como nadie. Para ella somos únicos.

Nos da todo.

No nos pide nada a cambio.

Alienta. Corrige. Vuelve a alentar.

Protege.

Sufre con los desaciertos. Los sabe parte de la vida.

Su sostén son pequeños instantes.

Sostiene.

Siembra pero deja que los frutos maduren en otro lado.

El rocío de su cosecha son lágrimas… de emoción y de las otras.

Cobija. Alimenta.

Es lugar de descanso.

Insiste. No impone. Insiste nuevamente.

Entrega.

Perdona. Perdona. Perdona. Perdona.

Agradece todos los días.

Su misión nace con un milagro. Después hay muchos más.

Lleva en su seno lo que después se irá.

Su cuerpo se deforma para dar forma a la humanidad de otro.

Ese otro es que su extensión. Que depende de ella.

No mide cuando se trata de amor.

No mide cuando se trata de sacrificios.

No mide cuando se trata de los otros.

Purifica. Aclara. Despeja.

Es puerto de partida y de llegada.

Es puente.

Es puerta abierta para guarecerse o para arriesgarse.

Sabe que lo pequeño será enorme. Confía ciegamente.

Durante 9 meses lo mantiene en secreto. En íntimo secreto.

Un cordón los conecta. Para siempre.

Su mayor alegría es su mayor dolor. En el parto. Siempre.

Parió. Y lo hace cada día. Por nosotros.

Y ese, dentro de todos los anteriores, es su mayor regalo: poder regalar vida.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Como un hilo de gota después de la lluvia


Aquellos signos que están indisolublemente ligados a la vida, al nacer, a la existencia, son fácilmente identificables: se abren paso a pesar de aquellas barreras que pretenden todo lo contrario y que son una amenaza permanente. Estos signos tienen la claridad de lo transparente y la pureza de lo limpio. Son simples. Son pequeños. Aparecen sin grandes estruendos justamente para diferenciarse desde un primer momento de aquello que lo precedió: la tormenta. Por más oscura que haya sido, y por más negra que sea la barrera que se interpone en su acción vivificante, siempre, inevitablemente, con fuerza, con decidida persistencia, traspasa lo que lo quiere frenar, retener, apropiar… y con un bello hilo traslúcido continúa su marcha hacia su meta: aportar su pequeñez para cumplir su única y trascendente misión de dar vida.

Cada uno de nosotros, por más diminutos que seamos (o que nos creamos), y por el solo y bello hecho de existir, estamos convocados a superar las tormentas que se presenten para luego seguir dando vida. A cada instante. Sin medir. Sin escatimar fuerzas. Pendientes sólo de la misión. Como un hilo de gota después de la lluvia.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Cuando lo olvidemos, nos sentemos en el pasto de una plaza…


 

Lo esencial. Lo verdaderamente importante. La paciencia. La entrega. La serenidad. La mansedumbre. La ayuda que se pide. La ayuda que se da. Ambas sin pedir nada a cambio. La compañía. El entenderse y entenderla. Los respetos por los tiempos, por los ciclos, por las demoras. Los pasos que se dan honrando el anterior y preparando el terreno del que ya viene. Pero todo a su tiempo. En el instante que debe ser. Ni antes ni después. Ni acelerado ni demorado. En el lapso justo para respetar a quien origina esos pasos. El centrarse en un único objetivo por vez. Siempre con la meta de llegar. Siempre con la meta de disfrutar el camino. Siempre con la meta dar cada paso como si fuera el último. Y con la pasión de como si fuera el primero. No decir nada. Porque no hay nada para decir. Porque se dice todo con el caminar. Y con la mirada. Y con los ojos. Y con las arrugas de los ojos. Y cuando se dice algo, asegurarse que sea real y vitalmente necesario. Admirar y sorprenderse. Por el camino. El que viene y el que ya fue. Y por las experiencias. Las que ya fueron y las que pueden venir. El pelo blanco como muestra de la pureza, de la trascendencia, de la sabiduría que no necesita tinturas. Porque quiere mostrarse sabia. Cotidianamente sabia. Sabiamente cotidiana. Y el camino. El sendero que se transita una y mil veces. Siempre igual, siempre nuevo. Nunca monótono. Nunca cuestionado. Nunca esquivado. Siempre transitorios. Porque llevan a nuevos caminos. Hasta llegar al que se cree el último, que vuelve a bifurcarse. Y se tiene que volver a elegir uno. Y a transitar. Y a disfrutar. Y a honrar. Y descubrir…

 

…así es la vida cuando la vorágine de la existencia se acaba y le da paso (porque le permitimos o porque el cuerpo ya maduro nos dice “hasta acá”) a la contemplación y a la saludable lentitud del caminar… inclusive puede ocurrir que tengamos que agarrar del brazo a un par, para poder seguir… pero igualmente siempre en esta etapa lo importante es recorrer pausada y pacientemente las sendas que se nos presenten…

 

Pregunto: ¿Hace falta llegar a la cúspide de la vida para desde allí darnos cuenta que lo verdaderamente esencial era sólo un pequeño puñado de experiencias, y que lo demás es desechable?

Cada vez que lo olvidemos, nos sentemos en el pasto de una plaza: seguramente por allí pasarán dos ancianas que nos lo recordarán…

jueves, 26 de agosto de 2010

Instantes Salvadores de la Existencia


Hoy, en medio de un mundo que gira cada vez más acelerado, y mientras mucho de lo que sucede tiende a deshumanizarnos, a asimilarnos a máquinas, objetos, cosas, materias, esencias, ideas, preconceptos, estigmas… necesitamos tener lo que se podrían llamar “instantes salvadores de la existencia”.

 

¿Quién pudiera tener esa silla allá en lo alto y apuntando a la Luna, para simplemente sentarse a contemplar?

 

Se trata de lapsos de tiempo (desde segundos hasta días) en los que nos sentimos los únicos seres sobre este planeta –y realmente nos convencemos de ello-. En las calles o en las plazas, adentro o afuera de paredes, en el auto o caminando, acompañados o en solitario, en el trabajo o en el sofá, a la mañana o a la noche… en cualquier momento y circunstancias permanecemos aislamos del mundo (o aislamos nuestro mundo del resto) como mecanismo de supervivencia necesario, indispensable, vital.

 

- Dejalo, está en su mundo…

 

Porque en determinadas situaciones extremas, en las que nuestra propia esencia (y hasta nuestra vida) está en peligro, es natural y casi por instinto que nos bajemos del ritmo impuesto –por otros y por nosotros-, y que nos abstraigamos de lo que nos rodea.

 

Me colgué. Me tildé. Me fui. (…) No estoy. Quedé mudo. No soy.

 

Todos necesitamos tener estas sensaciones, que luego se convierten en certezas, y que luego se transforman en realidades. No se trata de evadir; mucho menos de eludir lo que nos toca; tampoco de postergar lo que requiere de nuestras acciones o de desligarse de los otros… se trata de encontrar un “instante salvador de la existencia” que nos permita encontrarnos con nosotros mismos y que nos aporte algo de claridad para volver, renovados, a enfrentar la vida…

…con ello nos habremos garantizado que seguimos siendo verdaderamente humanos.

lunes, 26 de julio de 2010

La nitidez que salvó vidas


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Éramos su razón de ser, su centro, lo único nítido que ella tenía…

Alrededor, todo era confusión, desconcierto, falta de claridad…

Ella luchaba contra todo aquello solamente por nosotros… para que cada uno de nosotros no pasara a ser un ingrediente borroso más del paisaje, de todos los que ya había…

Nos preservaba, nos cuidaba, nos vigilaba, nos enseñaba, nos preparaba para lo que vendría (que era tan incierto como aquel presente)…

Tuvimos tantos techos como rincones había… en cada esquina, en cada plaza, en cada vereda, en cada banco, en cada…

 

Yo y mis hermanos éramos muy chiquitos, pero hay una imagen que me quedó muy grabada: fue en una tarde de invierno cuando descubrí (y tuve la certeza que fui confirmando con los años) que a pesar de todas las adversidades, teníamos una seguridad, un alivio, una puerta de esperanza, un llave hacia el futuro… ¿Qué era aquello tan salvador? Lo que pude divisar estando acurrucados los tres: la mirada serena, paciente y alegre de mi mamá, de nuestra mamá… y puedo afirmar con orgullo que nunca, pero nunca, la perdió, ¡aunque vaya si hubiera tenido motivos!…

 

Ella un día nos dejó, hace ya mucho tiempo. Descansa para siempre con la tranquilidad de la tarea cumplida. Todos los hermanos somos de pelaje negro como era ella…pero no sólo heredamos su color, sino esencialmente su capacidad de subsistencia y de perseverancia sabiendo que el sacrificio vale la pena… Yo soy la muestra viviente de ello. Y cada vez que lo olvido, aquella imagen se vuelve a mi memoria. Y lo vuelvo a recordar. Y puedo seguir.

miércoles, 7 de julio de 2010

La vida tiene sus otoños


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Cuanto más nos despojamos de nuestro follaje, sí –es cierto-, más indefensos estamos… pero a su vez –y quizás es lo que debería deslumbrarnos- se presenta un momento propicio para ver hacia dónde vamos (porque quedan desnudos nuestros caminos, nuestras bifurcaciones, nuestros enredos)…
Y también es una ocasión casi inmejorable para ver claramente el tronco del que nos gestamos…
 
La vida tiene sus otoños… ¡aprovechémoslos!
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