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viernes, 31 de diciembre de 2010

Detenerse para seguir


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Detenemos nuestro vuelo. Debemos hacerlo. El flamante almanaque no deja alternativas. La parada no es tanto para descansar. Es más bien para avistar todo lo que vendrá. O lo que creemos que vendrá. O lo que soñamos que vendrá. La pausa es para planear cómo seguir el vuelo, por dónde, con quién, para qué. El minúsculo espacio donde nos asentamos es una muestra más de nuestra fragilidad. Sólo nos sostiene por el tiempo necesario. Para nosotros es esencial; para otros, un elemento más del paisaje, insignificante y descartable. Una vez que pudimos aferrarnos a esta pequeña varilla –porque hacer una pausa, detenerse, parar, agarrarse a la quietud, no es nada sencillo- toda nuestra energía debe estar concentrada en mirar, divagar, observar, anhelar, prever, disfrutar…

Detenerse para seguir.

Una vez que retomemos el vuelo (que cada uno sentirá el momento exacto para hacerlo), aquella pausa nos habrá servido para seguir manejando las riendas de nuestro destino, para no desentendernos de nuestra esencia, pero siendo conscientes de que la vida nos sorprenderá –¡por suerte!- en cada tramo de nuestros próximos viajes.

jueves, 5 de agosto de 2010

Pausa


De repente caí en la cuenta de que ya no manejaba la velocidad de mis acciones, de que estaba siendo arrastrado por una (cada vez más fuerte) corriente… en su interior, mientras uno está inmerso, las ráfagas parecen quietas, los tornados se presentan como normales y la inmediatez se camufla en algo inevitable… allá vamos, a una rapidez que nos impide pensar mínimamente: no hay tiempo.

¡Seguro que uno quiere aminorar la marcha!… pero la cuestión está en darse cuenta de ello… porque en general (como siempre) es más cómodo dejarse llevar que luchar contra esa corriente… ¿nos traslada a algún lugar?, sí, pero inmediatamente nos empuja hacia otro espacio, y luego a otro, y a otro, y a otro…

Así, de repente, cuando caí en la cuenta de que ya no manejaba la velocidad de mis acciones, busqué y pude divisar en medio del vértigo una frágil rama que sostuvo mi acelerada carrera… frené y vi a mi alrededor que todo lo demás seguía al mismo ritmo… estaba desconcertado al principio (y claro: no estaba acostumbrado a la calma) y hasta atiné a subirme de nuevo a la corriente. Sin embargo, frente a mí, allá a lo lejos, en un horizonte difuso por la misma velocidad del mundo, pude descubrir un anaranjado atardecer… un ocaso que me hizo recordar que hasta la misma naturaleza debe respetar tiempos, momentos y ritmos… y lo contemplé… y disfruté de mi anónima y reparadora pausa.

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