jueves, 12 de enero de 2012

Helado, frío, tibio, caliente, hirviendo.


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Helado, frío, tibio, caliente, hirviendo. Hay muchos estados por los que podemos –y debemos- transitar. Cada uno conlleva su propio recipiente y su forma de contenerse. Igual que con las bebidas, la vida nos enseña que hay diferentes temperaturas para cada instante, y que de su elección depende el disfrute o el padecimiento que tengamos.

Ahora, no siempre la sensación térmica del exterior debe condicionar la del interior. Son complementarias pero no determinantes una de otra. Un helado en invierno o un té ardiente en verano son posibilidades que así lo demuestran.

Sin embargo, hay dos situaciones que generan problemas casi existenciales. Una, cuando elegimos mal; otra, cuando aguantamos aquello que estuvo bien elegido en un momento pero ahora desentona.

Puesto en la analogía con las bebidas, sería: Optar por un gélido elixir cuando necesitamos un líquido ardiente, o al revés; y seguir sosteniendo lo helado o lo hirviente cuando ya nuestro paladar no los requiere ni los soporta.

Puesta en la realidad de la vida, sería: Optar por una actitud gélida cuando necesitamos un instante ardiente, o al revés; y seguir sosteniendo lo helado o lo hirviente cuando ya nuestra humanidad no los requiere ni los soporta.

La solución para ambas situaciones es la misma: liberar la temperatura que ya no nos hace disfrutar, que nos hace padecer. Colocar fuego donde hay hielo o enfriar las estados caldeados, según corresponda.

Es como abrir el termo que ya explota de hervor. Allí se evapora (siempre de mala gana por resultar vencido) todo lo que nos convertía en seres incómodos con nosotros mismos.

Helado, frío, tibio, caliente, hirviendo. La madurez está en reconocer cada estado en su justo momento.

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