domingo, 21 de octubre de 2012

Esos 9 meses…


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La madre sabe que es madre, la diminuta vida también, pero aún resta mucho tiempo para que dejen de ser un único ser. La simbiosis es necesaria, imprescindible, mágica. Cada una no hace más que dejarse llevar; una por ansiedad, la otra por necesidad.

Sí, porque durante 9 meses la inercia del milagro sólo requiere mínimos cuidados y el mismo lugar, pero por el resto todo depende del tiempo. Cada cosa en su momento, y siempre lo mismo, siempre en cada vientre el mismo regalo de vida, siempre igual, pero siempre único, siempre distinto, siempre exclusivo.

Cuando se gesta la existencia, no puede ni quiere pasar desapercibida. Se muestra sin mostrarse, se evidencia sin aparecer, se resume en una parte del cuerpo de esa ya futura mamá que va creciendo.

Desde lo ínfimo hasta lo inmenso, desde lo indescifrable hasta el reflejo de los genes, desde imperceptible hasta extremadamente doloroso. Pero siempre, desde que decide aparecer, hasta que está por nacer, la vida es así: silenciosamente humilde e indescriptiblemente milagrosa.

Hay un quiebre, un final que da inicio. De la mansa y acogedora oscuridad se pasa a la luz, que en un primer instante abruma y moviliza hasta las lágrimas, pero luego todo vuelve a aquietarse cuando ese hogar que cobijó la vida, ahora desde afuera la abraza. Es el mismo lugar, pero de nuevo la naturaleza es sabia y comienza a desprender esas dos almas que, hasta el instante anterior, fueron una sola.

Basta mirar a nuestro alrededor, al cielo, o a nuestra madre, para volver a confirmar la fuerza arrolladora de la vida, que en silencio y con paciencia, nunca deja de crecer. Y todo gracias al sí de esa mujer que siempre nos cobija en su hogar, similar a aquel que habitamos durante 9 meses.

¡Feliz Día de la Madre!

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