miércoles, 13 de julio de 2011

Puertas que no se abren


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Cuando se presentan frente nuestro, muy pocas veces reparamos en ellas. Más bien nos centramos en lo que hay o habrá detrás, en lo que esconden, en lo que aíslan, en lo que protegen, en lo que prometen.

Son esas puertas herméticamente cerradas, tanto que parece que nunca más volverán a abrirse. Su apariencia, pacientemente inmóvil, hace pensar en que dejaron de ser puertas para convertirse en muros.

Sin embargo, si uno las mira con detenimiento, nota que son bellamente complejas. Intensamente elaboradas. Con guardianes que custodian lo que entra, lo que sale, lo que pasa. Son muy celosas de sí mismas. Y contrario a lo que uno podría pensar, no se interesan tanto en lo que hay delante o detrás. Son ellas las protagonistas, las que deben franquearse.

Cuidadosamente trabajadas, robustas e imponentes, presentan detalles que hacen dudar de su condición: no tienen llaves, ni cerraduras, ni manijas, ni picaportes. Sólo parece que se abrieran con un simple empujón. Aunque –advertimos por si alguien quiere intentarlo- mientras uno más empuje, mayor será la cerrazón de la puerta. Mientras más fuerza hagamos, menor será el éxito de abrirla. Mientras más golpeemos, mayor será la resistencia.

¿Cómo se abren, entonces? La clave está en la misma paciencia que ellas tienen para permanecer. Se abrirán, sí, pero en el tiempo que ellas consideren. Cuando madura la espera, la tranquilidad, la confianza, la esperanza, allí es cuando deciden aflojar sus cerrojos y permitir el traspaso.

Cuando uno deja de pelear contra el tiempo y las circunstancias, allí es cuando las puertas dejan de ser invencibles.

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