jueves, 2 de diciembre de 2010

Pequeña gran belleza


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Las pequeñas bellezas tienen la virtud de convertirse en grandes obras dignas de admiración… pero tienen la humildad de destinar todo el rédito al observador. Cuando alguien decide posar su mirada sobre ellas, sólo ahí es cuando su imponencia se hace evidente. Hasta que eso no ocurra, no pasan de ser un proyecto, una posibilidad, una idea, un anhelo, un sueño, un diamante en bruto. Son únicas, inigualables, con detalles propios y exclusivos… pero sólo cuando los ojos, la mente y el corazón de alguien destinan su atención a ese escondido espectáculo.

Son esas flores de las que no hay dos igual, pero que por diminutas o camufladas, pasan desapercibidas.

Y así ocurre muchas veces entre nosotros. Por pequeños, por humildes, descartamos bellezas que ignoramos aunque estén al lado nuestro. Son esos seres que no buscan la efímera trascendencia de la fama, sino el eterno reconocimiento de los que se animan y arriesgan a tenerlos en cuenta. Que se entregan sin mezquindades cuando reciben lo mínimo: atención a su hermosura. Para el resto son potencialidades a descubrir, para ellos mismos son certezas y realidades abiertas a los ojos, a la mente y al corazón de quien quiera.

Más allá de su bondad extrema, hay algo en lo que no tienen injerencia: no obligan a nadie a observar su belleza (porque no hacen alarde de ella), pero tienen la clara conciencia de que la mayor pérdida la sufrió aquel que desechó la oportunidad…

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