domingo, 3 de octubre de 2010

Cuando la escalera se termina




- ¿Hacia dónde vas?
- Hacia arriba, ¡siempre hacia arriba!
- ¿Por dónde vas?
- Por donde sea, por todo camino que me conduzca hacia lo más alto.
- Por ejemplo, esa escalera…
- ¡Claro!
- ¿Y hasta dónde querés llegar?
- Hasta lo más alto que pueda.
- ¿Y para qué querés llegar tan alto?
- Para subir, para crecer, para mirar desde arriba las cosas, para ascender, para escalar, para trepar, para no quedarme acá abajo…
- ¿Y por qué querés llegar tan alto?
- …
- ¿Y cuando no haya algo más alto, cuando no haya más camino posible, cuando los recursos para subir se acaben, cuando la escalera se termine?
- …
- Y después que destinaste toda una vida para ascender a la mayor altura jamás imaginada, cuando no puedas emprender una nueva aventura, ¿qué vas a hacer?
- …
- ¿Quedarte ahí? ¿Bajar? ¿Descender un poquito a propósito para volver a subir? ¿Disfrutar sólo de esa altura alcanzada? Porque a medida que uno sube más y más, el camino se hace más angosto y al final no hay lugar más que para uno, el que está escalando… los demás, todos los demás, quedan escalones debajo.
- ¡Pero yo llegué!
- Cierto. Querer estar cada vez más alto no está mal. Lo preocupante es cuando no sabemos porqué ni para qué. Y peor aún cuando en el camino vamos dejando parte de nuestra identidad, de nuestra esencia, de lo que nos hace humanos, además de los vínculos fundamentales que desechamos. Tendríamos que recordar siempre, cada vez que queramos trepar un peldaño más, que la escalera algún día se termina. Y en ese mismo instante, preguntarnos: ¿vale la pena entregar toda mi vida por este paso?

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