martes, 21 de septiembre de 2010

La necesaria terquedad de la Naturaleza


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Hay procesos que son inevitables. Hay momentos que por más que nos empecinemos en que no lleguen, igualmente se hacen presentes. Y muchos de ellos tienen que ver con la naturaleza, con lo que nos rodea, con lo que nos mantiene y nos recuerda la vitalidad.

Hemos perdido mucho, pero aún queda mucho más por derrochar. A pesar de la incesante y cada vez más cruenta batalla que le estamos librando a nuestra Casa, aún persisten aquellos ciclos mínimos que permiten marcar tiempos, generar cambios, evidenciar inicios y fines.

Asistimos a partos y defunciones naturales, necesarias, imprescindibles, novedosas, idénticas, originales. Aquellas que tienen el día señalado, el 21, y la misión asignada: “en el otoño se caen las hojas / en el invierno hace frío / en la primavera nacen las flores / en el verano hace calor”.

La naturaleza sigue su curso. Y de ella aprendemos al menos dos cosas: una, la paciencia de la espera esperanzada confiando sin dudar en que el cambio anunciado llegará; y dos, que debe haber renuncias para que algo nazca.

Hoy nos toca asistir a una de esas evidencias de su terquedad: el blanco y purificador frío le cede el protagonismo al rojizo rebrote de una rosa. Somos testigos y estamos llamados a imitar.

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