sábado, 17 de julio de 2010

Destinos vitales


DSC06639 [640x480]Como de costumbre le ganó nuevamente al sol: ese día se despertó antes que saliera y se durmió antes que se fuera. En el medio, pudo repasar aquellas remotas épocas en las que, junto al pura sangre, recorrían cada rincón del pueblo… algunas veces por los caminos ya hechos; la mayoría, por senderos que él mismo iba abriendo en terrenos vírgenes.

Ese día no se movió (como no se movía desde muchos años atrás) La última vez había sido con esos niños que vinieron de visita y lo usaron más como trampolín que como medio de transporte (“pobres”, había intentado justificarlos, “seguro que no me conocen”). En el fondo –confesó una vez- se había divertido mucho y deseaba volver a experimentar algo similar. Para sentirse vivo.

¿Andanzas? Millones. ¿Quién las escuchara? A veces el viento y nadie más.

Las arrugas y los achaques no sólo mostraban el paso del tiempo, sino también –y en especial- la tristeza.

Pero en el fondo, lo que más le dolía no era su maltrecho estado, ni su debilidad, ni su fortaleza irrecuperable, ni su destino inmóvil, ni su soledad eterna, ni su “inutilidad”, ni el desprecio del resto. No. Si bien todo eso le molestaba, más le apenaba que su dueño, de la misma edad que él, estuviera sufriendo lo mismo. A cientos de kilómetros, pero lo mismo…

“Daría lo poco que me queda de vida sólo para que su destino sea mejor al mío”, repitió incansablemente durante todo ese día… ese mismo día en el que se apagó por completo.

A la distancia, y con muchos lustros sin encontrarse, su incondicional compañero repetía lo mismo. Y cerrando una historia en común de más de 87 años, también cerró sus ojos para siempre…

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